Soy de pueblo;
llamadme provinciano,
y el único olor
que conozco
es el del campo al rocío.
¡Ay!, que pena enorme
yo quise ser señorito
y mandar a las mozicas,
pero dios me hizo
pobre, de pueblo,
mezquino pero valiente.
Tanto tuve que todo
me lo quitaron
y tanto quería
que perdí todo aquello
que más quería.
¡Mira!, que con mi borrica
dos gallinas y un buen conejo,
era hombre feliz
que no conocía
ni el desespero,
ni la amargura,
aunque trabajara
al sol, desde que salía
hasta que se ponía;
y que la lluvia
me hundía
de iones positivos,
según los expertos,
y de tierra mojada
y de alegría,
según mis ancestros.
De ver dormirse
al inmenso cielo,
volvía yo a mi humilde
morada de siglos
y allí me comía
un buen puchero
rezaba a dios,
por mi mujer,
la beata, y esperaba
otra vez, una y otra,
ese almizclado azur
que tanto admiraba.
Pero vino la guerra
los trajes y corbatas,
colonias perdidas
y vergüenza ajena,
y la ciudad ardía
y el pueblo lloraba.
pero yo siempre
deseaba que el hambre
acabara
y que mi mujer
dejara de ser tan beata.
Jacinta, que dios
nos tiene manía
decía yo a mi Jacintica
y que ahora se matan
en vez de poner la mejilla.
Y así dejé a mi pueblo
y me metí en una fábrica
y ahora lloro, sin ella,
aquel azur almizclado
que tanto admiraba.

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